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seasons


No es que en (…) se notara demasiado sin consultar el calendario, pero había llegado el otoño. Las noches eran frescas y soplaba el viento. Todas las tardes, la luz se posaba sobre el horizonte tratando de resistir heroicamente, y luego desaparecía.

Drive. James Sallis


como moscas de largas patas


El tejedor es una novela negra de James Sallis. Le debe el nombre a un poema de Yeats. El poema es una brutalidad y abre el libro como declaración de intenciones. En la segunda estrofa habla de Helena de Troya. Al respecto del poema he encontrado unos comentarios interesantísimos aquí y aquí.

De la novela, otro día hablamos. Lew Griffin.

That civilisation may not sink,
Its great battle lost,
Quiet the dog, tether the pony
To a distant post;
Our master Caesar is in the tent
Where the maps are spread,
His eyes fixed upon nothing,
A hand under his head.
Like a long-legged fly upon the stream
His mind moves upon silence.

That the topless towers be burnt
And men recall that face,
Move most gently if move you must
In this lonely place.
She thinks, part woman, three parts a child,
That nobody looks; her feet
Practise a tinker shuffle
Picked up on a street.
Like a long-legged fly upon the stream
His mind moves upon silence.

That girls at puberty may find
The first Adam in their thought,
Shut the door of the Pope's chapel,
Keep those children out.
There on that scaffolding reclines
Michael Angelo.
With no more sound than the mice make
His hand moves to and fro.
Like a long-legged fly upon the stream
His mind moves upon silence.


Traducción de Mireia Porta i Arnau:

El tejedor

Para que la civilización no se hunda,
Perdida su gran batalla,
Haz callar al perro, ata la jaca
En un puesto apartado;
Nuestro amo, César, está en la tienda
Con los mapas desplegados,
La mirada ausente,
La cabeza apoyada en la mano.

Como el tejedor en la superficie de la corriente,
Su imaginación se mueve sobre el silencio.

Que ardan las torres desmochadas
Y que los hombres recuerden aquel rostro.
Muévete apenas si has de moverte
En este lugar desolado.
Una parte mujer, tres partes niña, cree
Que nadie la mira; sus pies
Se ejercitan en un zapateo de villano
Aprendido en las calles.

Como el tejedor en la superficie de la corriente,
Su imaginación se mueve sobre el silencio.

Para que las niñas, en su pubertad, encuentren,
El primer Adán de sus intenciones,
Cierra la puerta de la capilla del Papa,
Que aquellos niños no entren.
En ese andamio se apoya
Miguel Ángel.
Sin más ruido que el de los ratones,
Su mano se mueve sin reposo.

Como el tejedor en la superficie de la corriente,
Su imaginación se mueve sobre el silencio.


confusión por anhelo de equilibrio


Pepe Carvalho acaba de despertar en su casa, conmocionado por una inmensa resaca que le impide recordar las últimas horas de la Nochevieja que acaba de pasar con Biscuter y Charo. Despierta con frío y se dispone a calentar su casa por el método tradicional de quemar libros.

La Rosa de Alejandría. Manuel V. M.

O no había sido exactamente así, pero lo cierto es que Carlos Fuentes le había tratado despectivamente sin ningún derecho y su novela iba a servir como material combustible básico para la fogata que iba a calentarle algo la casa y el alma.

Desguazó el libro, arrugó las hojas y sobre aquellas palomas muertas de papel fue construyendo la arquitectura de la fogata y aplicó la cerilla que se convirtió en el epicentro de una llama que empezó literaria y terminó en una punta fantasmal de humo y deseo. Mientras crecía el fuego censaba con el rabillo del ojo los libros que le quedaban. Suficientes para ir quemando uno a uno libros que había necesitado o amado cuando creía que las palabras tenían algo que ver con la realidad y con la vida. Suficiente material combustible para lo que le quedara de existencia o de fuerzas para encender su propia chimenea. Un día se caería por la calle o en esta misma sala y le llevarían a un depósito de viejos como castigo por haberse dejado envejecer y ni siquiera podría encender el fuego con la ayuda de aquellos libros tramposos, por ejemplo, con el Teatro completo de García Lorca. Un día de éstos quemaría el Teatro completo de Lorca, antes de que la muerte los separara. Ya había intentado quemar en cierta ocasión “Poeta en Nueva York”, pero se entretuvo releyéndolo camino de la chimenea y se topó con unos versos que le parecieron demasiado cargados de verdad: “Son mentira los aires. Sólo existe una cunita en el desván que recuerda todas las cosas”.

Tenía la cabeza llena de cunas que le recordaban todas las cosas. He de quemar ese libro antes de morir. O él o yo. Pero hoy no. Ya tenía suficiente con el de Carlos Fuentes, y la lucha del hígado por empapar todo el alcohol que había tomado promovía en su interior movimientos celulares titánicos que le obligaron a tumbarse en el sofá, sin otro horizonte visual que el recuento de las grietas del techo. Un día de éstos se caerá la casa. También la casa. O la casa o yo. Si se cae la casa los libros se salvarán, no tienen huesos, ni músculos, ni cerebro, ni hígado, ni corazón, son un producto de taxidermista, están más muertos que carracuca. En cambio yo la palmaré bajo los cascotes. Si al menos hubiera un incendio.

Y el ignífugo, completo:

LUNA Y PANORAMA DE LOS INSECTOS

(POEMA DE AMOR)

La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul

Espronceda

Mi corazón tendría la forma de un zapato
si cada aldea tuviera una sirena.
Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos
y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.

Si el aire sopla blandamente
mi corazón tiene la forma de una niña.
Si el aire se niega a salir de los cañaverales
mi corazón tiene la forma de una milenaria boñiga de toro.

Bogar, bogar, bogar, bogar,
hacia el batallón de puntas desiguales,
hacia un paisaje de acechos pulverizados.
Noche igual de la nieve, de los sistemas suspendidos.
Y la luna.
¡La luna!
Pero no la luna.
La raposa de las tabernas,
el gallo japonés que se comió los ojos,
las hierbas masticadas.

No nos salvan las solitarias en los vidrios,
ni los herbolarios donde el metafísico
encuentra las otras vertientes del cielo.
Son mentira las formas. Sólo existe
el círculo de bocas del oxígeno.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
los muertos diminutos por las riberas,
dolor en longitud,
yodo en un punto,
las muchedumbres en el alfiler,
el desnudo que amasa la sangre de todos,
y mi amor que no es un caballo ni una quemadura,
criatura de pecho devorado.
¡Mi amor!


Ya cantan, gritan, gimen: Rostro. ¡Tu rostro! Rostro.
Las manzanas son unas,
las dalias son idénticas,
la luz tiene un sabor de metal acabado
y el campo de todo un lustro cabrá en la mejilla de la moneda.
Pero tu rostro cubre los cielos del banquete.
¡Ya cantan!, ¡gritan!, ¡gimen!,
¡cubren!; trepan! ¡espantan!

Es necesario caminar, ¡de prisa!, por las ondas, por las ramas,
por las calles deshabitadas de la edad media que bajan al río,
por las tiendas de las pieles donde suena un cuerno de vaca herida,
por las escalas, ¡sin miedo! por las escalas.
Hay un hombre descolorido que se está bañando en el mar;
es tan tierno que los reflectores le comieron jugando el corazón.
Y en el Perú viven mil mujeres, ¡oh insectos!, que noche y día
hacen nocturnos y desfiles entrecruzando sus propias venas.

Un diminuto guante corrosivo me detiene. ¡Basta!
En mi pañuelo he sentido el tris
de la primera vena que se rompe.

Cuida tus pies, amor mío, ¡tus manos!,
ya que yo tengo que entregar mi rostro,
mi rostro, ¡mi rostro!, ¡ay, mi comido rostro!

Este fuego casto para mi deseo,
esta confusión por anhelo de equilibrio,
este inocente dolor de pólvora en mis ojos,
aliviará la angustia de otro corazón
devorado por las nebulosas.

No nos salva la gente de las zapaterías,
ni los paisajes que se hacen música al encontrar las llaves oxidadas.
Son mentira los aires. Sólo existe
una cunita en el desván
que recuerda todas las cosas.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
los insectos solos,
crepitantes, mordientes, estremecidos, agrupados,
y la luna
con un guante de humo sentada en la puerta de sus derribos.
¡¡La luna!!

New York. 4 de enero de 1930.

carcajadas sin recato


Esta mañana he tenido el inmenso placer de leerme este trozo de novela en un lugar público al aire libre: cafetería de la plaza de las flores del mercado de Alicante. No sé qué habrá pensado quien me haya visto reír a mandíbula batiente en soledad. Para situarnos, la escena se desarrolla en un impersonal hotel en la isla de Trinidad. Nuestro protagonista, Ginés, acaba de volver al mismo tras una salida anodina y se dirige a la terraza del jardín con tal de no meterse solo en una habitación que se lo come vivo. En esa terraza ocurre esto que sigue:

La huelga del personal del hotel seguía su curso porque tardaron todo un rosario de bostezos en preguntarle qué quería. Su vacilación dio pie a que le aconsejaran desde una mesa próxima:

—Pruebe un “peach”.

Le guiñaba el ojo el hombre ancho, moreno, aceitunado, con ojos grandes y rasgados de libanés.

A su lado le miraba con curiosidad una pelirroja pecosa con las mejillas algo caídas y la piel brillante por el maquillaje.

Pidió un “peach” y le trajeron una bebida larga que sabía a melocotón en almíbar.

—¿Es bueno, verdad?

Tenían ganas de conversación. La mujer trataba de decidir si miraba con los ojos abiertos o entornados, en un juego de cierres o aperturas que Ginés atribuyó a las probables lentillas.

—¿Sabe cómo se hace?

Cambió el hombre de mesa y se sentó a horcajadas ante Ginés, dándole una fórmula completa del brebaje.

—Ron ligero, melocotón y zumo de lima y unas gotas de marrasquino.

Chasqueó el paladar con la lengua y estimuló con la cabeza el trago de Ginés, como si ayudara a que el líquido fuera garganta abajo.

—Yo he exigido que me lo hicieran con un ron de Puerto Rico, es el más ligero. A veces te lo hacen con cualquier ron. Si te lo hacen con un ron de Martinica, malo. Los rones de proceso “dunder” no van bien para los combinados con frutas. Soy barman, allí en mi tierra, en Seattle.

La mano cuadrada del hombre estrechó la mano de Ginés apenas le insinuara la entrega y en seguida se movilizó para que la pelirroja acudiera a la mesa.

—Es Gladys, mi mujer. Ella no es norteamericana, es canadiense. ¿Usted es venezolano? ¿Español? ¿Español de España? ¡Ouuuuuh!

Era un entusiasmo orgásmico el que se había despertado en el barman de Seattle, que golpeó con su manaza un hombro de la pelirroja y otro de Ginés.

—¡Un “spanish” auténtico! ¿Qué se le ha perdido en esta isla de mierda, amigo? Tengo la maleta llena de folletos de viajes. Yo le había prometido a Gladis que nos tomaríamos unas vacaciones en el Caribe cuando terminara de pagar los plazos de mi bar. El Caribe. Sol. Música. Yo quería irme a Aruba, allí te garantizan el sol hasta de noche. Y dónde me he metido. He engordado cinco kilos de las horas que me paso durmiendo.

Se palpaba el estómago y se pellizcaba los rebordes de grasa que le asomaban por todo el circuito del cinto.

—Le invito a un “planter´s punch” para celebrar el encuentro.

El camarero no tuvo más remedio que salir de su huelga o de su letargo ante el griterío de rodeo que le envió el americano entre las risitas de cortés timidez violada que dejaba escapar la pecosa. El camarero estaba ofendido por la manera de ser convocado y porque no sabía qué era un “planter´s punch”. Se levantó el de Seattle, le tomó por un brazo a pesar del rechazo del mozo y se lo llevó hacia los adentros del hotel. La pecosa había llevado la risa hasta los extremos del éxtasis y daba golpes con el puñito cerrado en el pecho de Ginés para trasmitirle su desternillamiento.

—Lo que no consiga Micky no lo consigue nadie.

Había lucerío de alcoholes en los ojos cálidos de la mujer.

—¿Viaja solo o acompañado?

—Solo.

—¿Negocios?

—No.

—Turismo.

—Tampoco, simplemente viajo.

—¡Simplemente viajo! –repitió la mujer imitando el tono de voz de Ginés y se echó a reír, poniendo una mano sobre el brazo del hombre, instándole a la complicidad–. ¡Ya está aquí mi Robert Redford!

Robert Redford llegaba con una coctelera en las manos y la agitaba mientras avanzaba al son de una rumba que sólo él escuchaba.

Un elixir color ámbar anaranjado quedó propuesto en vasos altos.

—Lo va a probar según la fórmula de Micky. Ron de Jamaica, limón, naranja, soda, azúcar.

Ginés no tenía estómago para tanto líquido, pero se lo bebió lentamente porque en el fondo agradecía el espectáculo gratuito que le ofrecía la pareja.

—Hay que marcharse de esta isla, aunque sea por un día. Me han dicho que en Tobago hace mejor tiempo y está a media hora de vuelo en fokker. Nos subimos al fokker, volamos a ras de selva y rata ta ta ta ta, ametrallamos a todos los monos. Micky y Gladys se van mañana mismo a pasar todo el día en Tobago y usted queda invitado.

Rechazó Ginés el ofrecimiento con un gesto, pero la actitud del americano no admitía rechaces. Cuchicheó algo al oído de su compañera y se echaron a reír para quedar luego los dos contemplando a su nuevo amigo con una expresión de felicidad algo estúpida.

Pretextó Micky un afán olvidado y quedaron a solas la mujer y Ginés. La conversación no era el fuerte ni de la mujer ni del marino, y el barman no volvía.

La cabeza de Gladys se inclinó hacia la de él.

—No volverá. Nos ha dejado solos.

—¿Por qué?

—Tenía sus planes. Al marcharse me ha dicho: Gladys, te dejo en buenas manos. ¿Estoy en buenas manos?

Ginés imaginó lo que podían hacer sus manos en aquel cuerpo largo, desgarbado, prometedor de esquinas inciertas y sobre todo prometedor el rostro de inocente buscona pecosa. Le enseñó las manos a Gladys.

— Éstas son mis manos. No tengo otras.

Gladys acercó los labios y le besó las palmas. Dejó los labios pegados a la piel del hombre y los abrió para dejar paso a una lengua fuerte y rasposa que lamió con ansiedad la noche que Ginés mantenía en las manos. Luego alzó la cabeza.

—Necesito un hombre y una cama.

Ginés se encontró a sí mismo siguiéndola con una nerviosa ansiedad de primera vez, y cuando entraron en la habitación no la reconoció como suya hasta que Gladys le cubrió la maleta abierta con la ropa que se iba quitando para quedar largamente desnuda, como una zanahoria húmeda sobre la cama. Y de la mujer salió una mano que abrió la bragueta del hombre paralizado, le tomó el pene en cuarto creciente y se lo llevó a los labios como si fuera un hot dog con la mejor mostaza de este mundo.

—¡Huy! ¡Qué rico!

Se lo metió en una boca de serpiente pitón muerta de hambre.

—No te preocupes. Es la bebida.

Gladys le besó en la mejilla y le forzó con las dos manos a que su cara se enfrentara a la suya. El comportamiento de los homínidos femeninos respondía a pautas universales. Después del acto amoroso fallido, el homínido femenino caucasiano suele coger la cara de su insuficiente pareja, mirarla de hito en hito con una ternura cultural y ofrecerle la generosidad de la comprensión.

—Voy a ver qué hace Micky y volveré más tarde.

—¿Micky sabía que estabas conmigo?

—Sí. Él se ha ido con dos negras que ha contratado en un bar de por ahí, del Central Market. Cerca del Central Market. Sólo se le levanta con las negras y a pares. Lo ha descubierto aquí, en Trinidad. Yo no soy su mujer. Trabajo en su bar.

Se vestía mientras hablaba. Abrió la puerta y penetró en la estancia la luz del pasillo. A contraluz, Gladys agitó un dedo como una regañina que Ginés notó directamente dirigida a su pene.

—No te muevas de ahí que Gladys no tardará en volver.

La marcha de la mujer hizo que se sintiera a gusto cobijado en aquel refugio recuperado para él solo. Se adormiló y le despertó horas después la evidencia de una presencia junto a la cama. Gladys volvía a estar allí y se estaba desnudando de pie junto a la maleta pertinazmente abierta. Oía ahora el ruido liviano de las ropas al caer unas sobre otras. La mujer se inclinó hacia la lamparilla de la cabecera de la cama y la iluminó.

—¿Estás despierto?

Se estaba soltando la breve colita que campaneaba sobre su nuca y en sus labios se movía la lengua y la promesa de un trabajo ahora perfecto.

—¿Estás cansado? Ese cerdo de Micky aún no ha vuelto. Deja hacer a Gladys. Gladys consigue resucitar a los muertos.

Y empezó una ceremonia de posesión a la luz de una lamparilla de blonda plisada que otorgaba a Gladis contornos brujeriles en su posición de buscadora del sexo del hombre y de introductora del animal en la boca, donde lo paseó en todas direcciones, como si le impidiera huir de aquella cárcel húmeda. Con la cabeza realzada por la doble almohada, Ginés veía cómo su pene trataba de salir de aquella cueva, cómo la punta pugnaba por romper la malla de la mejilla izquierda o de la mejilla derecha de la mujer, para finalmente ser engullido hacia las profundidades de la garganta, estar a punto de escabullirse como un émbolo mojado, para ser de nuevo succionado por los labios implacables. Pudo extrañar aquel objeto como si no fuera suyo, como si una extraña anestesia local le separara de aquel músculo muerto que la mujer trataba de resucitar. Aplicada como una escolar concentrada, la silenciosa Gladys repasaba sus apuntes mentales sobre sexualidad y consideró en un momento dado que la excitación oral había terminado, porque dejó escapar el que parecía apetitoso bocado, para arrodillarse ante el hombre yaciente, adelantar las rodillas y buscar asiento para sus posaderas sobre las entrepiernas de su pareja. Metió una mano hacia las oscuridades del contacto, empuñó el pene con delicadeza y pese a su relativa flaccidez se lo fue metiendo en la vagina con cuidado y asepsia de supositorio. Subió y bajó para comprobar que el pene estaba en condiciones de idas y venidas y puso las palmas de las manos abiertas sobre el pecho moreno del hombre. Alzó la cabeza hacia el cenit del techo e inició los movimientos de subidas y bajadas, lenta, pausadamente, para forzar el ritmo poco a poco, acompañándose de jadeos y expresiones entrecortadas que iban del mi vida al querido pasando por el fóllame que a Ginés le recordaban la jerga profesional de todos los “meublès” portuarios. La excitación progresiva de Gladys provocaba la frigidez no menos progresiva del hombre, hasta el punto de que su extremidad a prueba perdió la consistencia mínima para seguir recibiendo aquel tratamiento de arriba abajo. Tardó o fingió tardar Gladys en darse cuenta de que había perdido contacto físico con el placer y finalmente se dio por aludida porque bajó la cabeza, con los ojos cerrados y una expresión reconcentrada, la expresión del que busca el hilo perdido de una conversación o de un recuerdo. Se animó a sí misma con una sonrisa, aún con los ojos cerrados, y finalmente los abrió para contemplar risueña a su pareja.

—Niño. Niño mío. ¿Es que no te gusto?

Se dejó caer de pronto con precisión de ensamblaje lunar y su boca buscó la de Ginés para cebarse con ella entre brutales mordiscos y acariciadores dientes, nacidos para el desgarro o el roce en un juego alternativo. Las voces de estímulo erótico obedecían a un ritmo paralelo al de las caricias, pero de vez en cuando la mujer se apartaba para estudiar el proceso anímico de su pareja y el crecimiento o no crecimiento del ingrediente fundamental. Se dejó caer a su lado y pegó el lenguaje al oído del hombre.

—¿Qué te gusta? Dime qué te gusta y Gladys te lo hará. Gladys lleva quince días a dos velas, niño mío. Dime. ¿Te gusta que te peguen? ¿Te gusta pegar a ti?

Las negativas silenciosas de Ginés no la desanimaron. Volvió a la posición a cuatro patas, esta vez con el culo encarado a los ojos de Ginés y lo removió como si fuera un dulce que quería y no quería ser comido.

—¿Has visto bien mi conejito, niño mío? Es un conejito suave. Todo para ti. Todo para mi niño.

Apartó Ginés la cara y buscó en una esquina de la habitación una fuente de inspiración, un estímulo cultural de simple educación, de estricta necesidad de quedar bien, y se levantó como una bestia de lascivia que se animaba a sí misma con respiraciones ansiosas, mientras las manos se convertían en bocas que amasaban las carnes de la mujer. Así, así, gritaba con alborotado placer la pelirroja y ofrecía su cuerpo al encuentro de las frotaciones ciegas del hombre, que en su voluntad de no ver lo que no quería, a veces se equivocaba de envite y caía al vacío del colchón donde la mujer le buscaba implacable para que no cejara en su resurrección.

Provocó efecto el ritual, porque Ginés se creyó en condiciones de montar sobre el otro cuerpo, y así lo hizo con brusquedades de conquistador que fueron recibidas con entusiasmo. Hasta logró meterse donde tanto le llamaban e iniciar una galopada que de pronto se quedó en simple caída sobre un caballo que poco a loco fue asumiendo la miseria del caballero. Allí permaneció Ginés, fríamente lúcido de la inevitabilidad de su derrota, como si estuviera contemplándose el colgajo vencido, que avergonzado buscaba el escondite entre los pliegues de su propia piel. La mujer ya no jadeaba, respiraba y era una respiración que pronto evolucionó del cansancio a la protesta.

—¿Ya está? ¿Eso es todo, niño mío?

—No es mi día.

—Lo mío es peor. No es mi año. Ja. ¿Pero qué os pasa en el Trópico? ¿Es culpa mía? ¿Es que no te gusto?

—Sí. Me gustas mucho.

—Pues ya se nota.

Le pegó un empujón que le hizo caer de la cama y se puso a caminar sobre el tembleante colchón en busca de una salida a la situación. Recuperó su ropa a manotazos y se fue con ella al lavabo para no regalarle a Ginés el espectáculo de su vencido revestimiento. Desde su condición de macho caído, Ginés escuchó los ruidos de una profilaxis bien entendida: lavabo, gárgaras, aguas en fin a su sucia sumisión de vertedero. Se abrió la puerta y Gladis cruzó la habitación a velocidad de huida dejando sobre el hombre una palabra que pareció un escupitajo.

—Maricón.

Desde el suelo levantó los brazos Ginés en un titánico esfuerzo por sacarse de encima una vergüenza divertida, porque sus labios sonreían, y cuando se tumbó en la cama apretó la boca contra la almohada para no oír sus propias carcajadas, suscitadas por el recuerdo de tanto esfuerzo baldío por parte de la mujer. Especialmente le despertaba hilaridad aquella gravedad mamaria con la que llenaba su boca de carne humana. Se serenó y de la risa pasó a la compasión por la mujer que tanto había dado a cambio de nada.

La Rosa de Alejandría.

Manuel Vázquez Montalbán.

Un tranvía en SP. Unai Elorriaga


La cosa es que Roma y Marcos buscaban dos casas que estuvieran frente a frente; una, por ejemplo, de ocho pisos y de siete pisos la otra, a unos treinta metros de distancia. Elegían casas que tuvieran ventanas anchas en las escaleras. Una vez encontradas, Roma se metía en una y Marcos en la otra. Subían al séptimo piso y se ponían junto a la ventana de la escalera; pero, aun estando los dos en el mismo piso, siempre quedaba uno por encima del otro, porque los arquitectos siempre han sido personas inconstantes.
Entonces se empezaban a mirar desde las ventanas, como si fueran desconocidos, y Roma hacía un dibujo de Marcos en un cuaderno y se quitaba el jersey. Marcos ponía más atención, porque Roma sin jersey era bastante más Roma que Roma con jersey. Y la desmedida atención de Marcos hacía que Roma tuviese cosquilleos en las manos y en la parte de arriba de las rodillas. Marcos ponía las manos en el cristal y lo empañaba, y se quitaba él también el jersey.
Y llegados a este punto, estaban ansiosos por volver a bajar a la calle y por volver a verse de cerca. Pero no podían en media hora. Eso era lo que decía el juego, que tenían que estar media hora en las ventanas. Y estaban, por lo tanto, media hora mirándose de una casa a otra. Y cuando pasaba media hora, bajaban las escaleras a todo correr y se iban a la cama de Roma o a un restaurante italiano.

sabotajes posmodernos


Apunté en la primera página del libro, aún sin saber lo que venía detrás:

De primero, potaje de alubias con chorizo. De segundo, paella de carne. Y de postre, “poleá”. Una copa de vino y agua. Plaza de San Andrés. Café bar Santa marta.

Era noviembre y era Sevilla.

Extractos de Sabotaje olímpico, un esperpento posmoderno de Manuel Vázquez Montalbán, tan estrambótico como acertado.

El principio de todo:

Biscuter tiene una teoría sobre Escofier. No sólo la tiene sino que la exhibe siempre que puede a un Carvalho de vez en cuando arrepentido de haberle financiado un viaje a París y un curso acelerado sobre sopas en la Academia de Alta Cocina de mister Everglace.

-Escofier representa la Suma Teológica de la gran tradición de la cocina burguesa.

Cuantas veces Carvalho ha tratado de descomponerle la oración y preguntarle, por ejemplo, ¿qué quiere decir Suma Teológica?, Biscuter ha tenido respuesta.

-La releche final.

La parte positiva de la expedición parisiense es que Biscuter, tras demostrarle que era capaz de afrontar los consomés difíciles en su sutileza como el consomé á la brunoise o las sopas más y menos características de la cocina francesa -desde la sopa de cebolla a la manera de Les Halles hasta le potage Thurins Roumanille en la más pura línea escoferiana-, ahora se atreve con los potages «extranjeros», «extranjeros» insiste una y otra vez Biscuter como si hablara desde una postiza identidad francesa.

-¿Sabe usted que Escofier tiene en cuenta la olla podrida española? Aunque el tío no puede disimular lo que le cae mal de la cocina española: los garbanzos y el chorizo. Hoy le voy a hacer una sopa muy extranjera, jefe.

-¿Para qué irse tan lejos?

-Hay que experimentar.

Y experimenta un potage Ouka: caldo de pescado a base de esturión, espinas y aletas de pescados diversos, agua, vino blanco, perejil, celerio, hinojo, champiñones, sal... A Carvalho se le va la cabeza cuando piensa en todo lo que falta para entender el plato y que esté al servicio de una simple sopa, de una blanda sopa. A la vejez, potajes. La solidez profunda de un plato hondo lleno de tropezones agresivos pero domados por el mucho cocer. ¿Lo crudo? ¿Lo cocido? ¡Lo recocido! Pero Biscuter se le escapa. Como la realidad. O la memoria. Desde su viaje a París ha dejado de ser esencialmente dependiente, como si hubiera descubierto la geografía más allá de su universo de ex joven presidiario y ya no tan joven criado para todo de un detective escaso de fortuna y de optimismo. Acaso no desee ya la compañía de Biscuter, ni la de la realidad, ni la de la memoria, en consonancia con la cultura del olvido establecido. Julio de 1993. Hace un año todo estaba dispuesto para el inicio de los Juegos Olímpicos de Barcelona, el mayor espectáculo del mundo y las vivencias han sido engullidas por el sumidero de la crisis de casi todo y casi todos. Los dioses se han marchado al olimpo verdadero, pero ni siquiera, de creer a las autoridades económicas, han tenido la gentileza de dejarnos el pan y el vino. Y cuando recuerda las ensoñaciones de los días de los Juegos Olímpicos siente la necesidad de reforzar sus vínculos naturalistas con lo concreto. Algo habría que hacer. Algo debería hacer. Desde el epílogo de los juegos ha conservado la costumbre de ir al filósofo en vez de, como hacen otros, ir al psiquiatra. Su filósofo de cabecera sigue siendo Xavier Rupert dos Ventos y ante la pregunta sobre la ausencia de dioses, el filósofo le contesta desde la orilla de su teléfono:

-¿Qué hacer? ¿Para qué? Si desea hacer algo es que aún le queda sentido... finalidad... tal vez sólo se trate de instinto de finalidad... reflejo condicionado de finalidad. Es cierto, los dioses se han marchado, lo anunció Hölderlin, pero él creía que habían dejado el pan y el vino. Déjeme interpretarlo como metáfora de la satisfacción material. ¿De verdad no nos quedan satisfacciones materiales? ¿Me ha hecho caso? ¿Ha cambiado de olla a presión? ¿Ha probado el queso de cabra de Corçá? ¿Sigue adicto a los vinos de la Ribera del Duero? ¿Por qué no se pasa al agua mineral con gas? O tal vez no se trate de hacer, sino sólo de decir. Y le dice a Biscuter:

-Ponle garbanzos.

-¿A la sopa Ouka, jefe?

-A todo... Ponle garbanzos y chorizo a todo...

-Eso es nacionalismo, jefe. La ola de nacionalismo que nos invade.

Y casi al final:

La carta de Biscuter le devolvía a la realidad de siempre y a las cuarenta y ocho horas del final de los Juegos sólo la herencia que habían dejado en la fisonomía de la ciudad demostraba que se habían realizado. Pero no podía entregarse únicamente al olvido o a la melancolía o a sus contrarios: la memoria y la indignación moral, ¿para o contra qué? Definitivamente el mundo estaba hecho, mal, pero ya estaba hecho y ante la evidencia de lo fácilmente que podrían truncarse las evidencias, no ya personales, sino colectivas, había que desintoxicarse de todo prurito de resistencia. Por ejemplo, ¿por qué no volver a tener sexualidad? Últimamente los críticos de más edad parecían saludar las novelas de Carvalho al grito de «Bienvenido al club de los desganados sexuales». Y en efecto, roto el vínculo con Charo, peligrosa la propuesta directa en un juego de relaciones tamizadas por todas las texturas de los diferentes tipos de preservativos, el sexo había ido desapareciendo de su vida y cuando lo cumplía, no ignoraba un cierto carácter forzadamente exhibicionista a la peripecia, como si fuera una prueba de que «aún podía» o quizá de que «aún debía», dadas sus características de héroe literario ecléctico y preconstruido, en el que la sexualidad había jugado un papel muy importante en los diez primeros años de escritura posfranquista. Pero, ¿y ahora? Salir a la calle a la conquista de cuerpos y cerebros parapetados detrás de toda una vida, sin el recurso de volver a pedir: «Cuéntame cómo eras... cuando...», ¿cuando qué? O bien: «Quisiera envejecer contigo...» ¿Más todavía? ¿Envejecer más todavía? En la soledad de su placenta artificial, a Carvalho le entró la angustia de una revelación excesiva: se asesinaba, se mataba, se amaba, se organizaban fiestas y olimpiadas por miedo. Todo se había hecho por miedo, siempre, y la única operación intelectual con éxito había consistido en disfrazar el miedo de necesidad.

La cena fue excelente. Anfitrión de un único invitado, el latinista y gestor Fuster, asumió su veredicto sobre todo lo que había pasado.

-Dii nos quasi pilas habent o lo que es lo mismo: Los dioses nos llevan como a pelotas. Es de Plauto. Captivi 22.

Un pastel de setas, las primeras que llegaban al mercado de la Boquería, bajo el nombre catalán de rossinyols, y unos callos a la sidra, reforzados con estragón, clavos y un vaso de Calvados. Quemó en la chimenea el libro de Simpson y Jannings Los señores de los anillos, ya inútilmente antiolímpico, y El deporte del poder de Espada y Boix, penúltimo intento de situar a Samaranch en la Historia y no en el Olimpo. Fuster tenía una noche latinista.

-Animus est in patinis... mi alma está en los platos... ésta es de Terencio.

-Terencio Moix, supongo.

Ya a solas, el espectáculo de la ciudad postolímpica y equivalentemente postiluminada, le deprimió. Se tomó cincuenta pastillas de Ginsén Rojo Coreano para comprobar sus efectos o para suicidarse sexualmente y se durmió. En plena madrugada le despertó la traca que celebraba las primeras cuarenta y ocho horas posteriores al final de los Juegos y una portentosa erección situada más o menos en el centro de su cuerpo. Se miraron Carvalho y su hijo predilecto. La mirada del padre fue achicando al muchacho. Al fin y al cabo ¿por qué?, ¿para qué?

-¿Eres un diseño de Walt Disney, muchacho?

Y el pene le contestó.

-No. De Mariscal.

Hoy releía trozos, apuntes, subrayados. Noviembre parece el siglo pasado. El tiempo y la memoria, los saboteadores por excelencia.

una definición de frío


La poesía del adoquín y el ángulo recto, de la llovizna gris y cenicienta, de las ocasiones perdidas, los cortinajes sucios y groseros. La lírica del continuar sin saber muy bien por qué, de la derrota sin dignidad, de las luces mates y los hormigones desconchados, de la bebida barata y la comida mala, de los cigarrillos acres, de las carreteras bacheadas que dan a parar a muros sin salida, de las celdas cutres y los dormitorios ascetas. Y el frío, el más profundo y desolador frío, el que no marcan los termómetros. Eso, y mucho, mucho más, es El espía que surgió del frío, una novela donde uno acaba quedando tan a la intemperie como los protagonistas en la escena final, bajo los focos deslumbrantes y sucios a la vez de aquella Alemania partida.

Como todo lo bueno, se disfruta más cuando no es la primera vez. La mía era la segunda.


—Me preguntaba si estaría usted cansado. Consumido.

Se produjo un largo silencio.

—Eso ha de decidirlo usted —dijo por fin Leamas.

—Hemos de vivir sin simpatías, ¿no? Desde luego, eso es imposible. Fingimos unos con otros toda esta dureza, pero realmente no somos así. Quiero decir... uno no puede estar todo el tiempo fuera, al frío; uno tiene que retirarse, ponerse al resguardo de ese frío... ¿entiende lo que quiero decir?

Leamas entendía. Veía la larga ruta saliendo de Rotterdam, la larga carretera recta junto a las dunas, y el torrente de refugiados moviéndose a lo largo de ella; veía el pequeño avión a varias millas, la procesión que se paraba a mirarlo, y el avión que se acercaba, elegantemente, sobre las dunas; veía el caos, el infierno sin sentido, cuando las bombas dieron en la carretera.

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Fueron andando hasta su piso a través de la lluvia, y podrían haber estado en cualquier sitio, Berlín, Londres, cualquier ciudad donde las piedras del pavimento se convirtieran en lagos de luz bajo la lluvia del atardecer, y el tráfico resoplara desesperadamente a través de las calles mojadas.

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Hacía frío esa mañana; la leve niebla era húmeda y gris, y picaba en la piel. A Leamas, el aeropuerto le recordó la guerra: máquinas, medio ocultas en la neblina, esperando pacientemente a sus amos; las voces resonantes y sus ecos, el grito súbito y el incongruente golpeteo de unos tacones de muchacha en el pavimento de piedra; el rugido de un motor que podía estar al lado mismo de uno. En todas partes, ese aire de conspiración que se produce entre la gente que está levantada desde el amanecer, casi de superioridad, nacida de la experiencia común de haber visto desaparecer la noche y llegar la mañana. Los empleados tenían ese aspecto que produce el misterio del alba y que el frío estimula, y trataban a los pasajeros y a su equipaje con el aire remoto de hombres regresados del frente; el resto de los mortales no les decían nada esa mañana.

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Un hombre que representa un papel, no delante de otros, sino a solas, está expuesto a evidentes peligros psicológicos. En sí mismo, el ejercicio del engaño no es especialmente fatigoso; es cuestión de experiencia de práctica profesional; es una facultad que la mayor parte de nosotros puede adquirir. Pero mientras que el que engaña en confianza, el actor de teatro o el jugador, puede regresar de su actuación a las filas de sus admiradores, el agente secreto no disfruta de tal alivio. Para él, engañar es ante todo una cuestión de defensa propia. Debe protegerse no sólo desde fuera, sino desde dentro, y contra los impulsos más naturales; aunque gane una fortuna, su papel le puede prohibir comprarse una hoja de afeitar; aunque sea un sabio, le puede tocar no murmurar más que trivialidades; aunque sea un padre y marido cariñoso, debe ser reservado en todas las circunstancias con aquellos en quienes debería confiar por naturaleza.

Dándose cuenta de las abrumadoras tentaciones que asaltan a un hombre permanentemente aislado en su engaño, Leamas recurrió al procedimiento que le proporcionaba mejores armas, incluso estando solo, se obligó a convivir con la personalidad que había asumido. Se dice que Balzac, en su lecho de muerte, preguntaba preocupado por la salud y prosperidad de los personajes que había creado. De un modo semejante, Leamas, sin abandonar la capacidad de invención, se identificó con lo que había inventado. Las cualidades que exhibía ante Fiedler, la incertidumbre constante, la arrogancia protectora para ocultar la vergüenza, no eran aproximaciones, sino ampliaciones de cualidades que efectivamente poseía, de ahí también el leve arrastrar de pies, el descuido del aspecto personal, la indiferencia a la comida, y una creciente entrega al alcohol y al tabaco. Cuando estaba solo, seguía fiel a esas costumbres. Incluso las exageraba un poco, murmurando para sí sobre las iniquidades de su Servicio.

Sólo muy raramente, como entonces, al acostarse esa noche, se permitía el peligroso lujo de admitir la gran mentira en que vivía.

The spy who came in from the cold.

John le Carré



me gusta ser una zorra

Terminé con Stieg y enlacé Días contados. Pasé de recorrerme las actuales calles de Estocolmo, un territorio casi fantástico para mí, a sumergirme en la Malasaña de principios de los noventa. Y eso ya no me resulta tan desconocido. El placer que desfilaba ante mí con el sueco, y que no podía disfrutar, de repente se hacía realidad con el madrileño. Y, ahí sí, seguí el recorrido de los personajes en un mapa mental. De la calle del Espíritu Santo a San Vicente Ferrer; de ahí a la plaza Dos de mayo… La movida madrileña, la heroína, la postransición, el pelotazo, el famoseo…
Localismos aparte, ambos retratan cuestiones generales partiendo de casos puntuales. Dejo unos extractos de ambos. Otro día volveré con más de L. Salander y compañía.


-Lo entiendo. Sería una vergüenza para todo el cuerpo que un medico hubiera estado implicado en algo así.
-No, yo no creo en la culpa colectiva. Es una vergüenza para los implicados. […]

****************

-Creo que no entiendes que si nuestro accionistas son accionistas, es porque quieren ganar dinero. Se llama capitalismo. Si tu idea es que pierdan dinero, ya no querrán ser accionistas.
-Mi idea no es que pierdan dinero, aunque también se podría llegar a esta situación. La propiedad conlleva una responsabilidad. Como bien señalas, estamos hablando de capitalismo. Los propietarios del SMP quieren obtener beneficios. Pero son las leyes del mercado las que dictan si habrá beneficios o pérdidas. Con tu razonamiento lo que consigues es que las reglas del capitalismo se apliquen de modo selectivo a los empleados del SMP, pero no a los accionistas ni a ti mismo.

La reina en el palacio de las corrientes de aire.
Stieg Larsson


Antonio se fue y Germán Ripoll entró en el despacho. Encendió un cigarrillo y se detuvo frente a uno de los ventanales.
-¿Están ya preparados los del comité? –preguntó Pascual.
-Tranquilo… tú déjamelos a mí, yo los sé torear. Yo seré el malo y tú el bueno. Les diré que la empresa no está dispuesta a subir más del tres por ciento… y tú, luego, le dices que con un poco de suerte podrías conseguir el cuatro o el cuatro y medio, incluso el cinco. ¿De acuerdo? A mí no me importa pasar por un cabrón. Se supone que los abogados somos unos cabrones. Pero tú eres el director y conviene que pienses que eres cojonudo.
Pascual contempló el cigarrillo recién encendido del abogado. Éste se acercó a la mesa y lo aplastó en el cenicero.
-Me parece que esta vez van a la huelga y eso va a dañar la imagen de la empresa con los publicitarios y la competencia. Por no hablar de los tíos de la Comunidad.
-Deja que hagan huelga, ya tengo pensado lo que vamos a hacer, les saldrá el tiro por la culata.
-Son once, no lo olvides, Germán. ¿Tú sabes la pasta que significa once indemnizaciones por despido improcedente? Además, nos vamos a quedar sin gente.
-Las próximas contrataciones a seis meses, renovables. Nada de contratos indefinidos. Eso es del pasado. La gente con contrato por seis meses no hace huelga. Déjame actuar a mí. No creo que los once secunden la huelga, si es que la convocan. Y si lo hacen, se llevarán una sorpresa.
-¿Entonces?
-De momento les dices lo que te he dicho del cuatro o el cuatro y medio… No, espera… Diles que puedes aumentar, que te has enfrentado al Consejo de Administración, que eres un currante como ellos y que les comprendes, que cobran poco, que es necesario un aumento, pero no menciones ninguna cantidad. Dales cuerda, ¿entiendes?
Pascual se arregló los puños de la camisa y se ajustó la corbata.
-¿Crees que ésta es la primera vez que he tenido que torear con una huelga, Germán?

Días contados.
Juan Madrid.


una voz, sola, en busca de éter


¿Cómo podré marcharme en paz y sin pena? No, no será sin una herida en el alma que dejaré esta ciudad.

Largos fueron los días de amargura que pasé dentro de sus muros, y largas noches de soledad; ¿y quién puede despedirse sin tristeza de su amargura y de su soledad?

Muchos fueron los trozos de mi alma que esparcí en estas calles, y muchos son los hijos de mi ansiedad que caminan, desnudos, entre estas colinas, y no puedo abandonarlos sin sentirme oprimido y entristecido.

No es una simple vestimenta la que hoy me saco, sino la propia piel que arranco con mis manos.

No es un mero pensamiento el que dejo detrás mío, sino un corazón enternecido por el hambre y la sed.

Sin embargo, no puedo tardar más tiempo.

La mar, que llama hacia sí todas las cosas, me está llamando y debo embarcarme.

Pues permanecer aquí, mientras las horas se queman en la noche, sería congelarme y cristalizarme en un molde.

De buena gana me llevaría conmigo todo lo que está aquí. Pero ¿cómo hacerlo?

La voz no se lleva consigo la lengua y los labios que le dieron alas.

Y, sola, debe buscar el éter.

Y también sola y sin nido volará el águila rumbo al sol.

Gibran Khalil Gibran (جبران خليل جبران Ŷibrān Jalīl Ŷibrān en árabe), en su libro El profeta.



tautología en busca de discernir verdad de evidencia















El Museo Granet de la ciudad francesa de Aix-en-Provence exhibió entre agosto y septiembre de 1990 quince óleos y diez acuarelas del pintor Paul Cézanne (1839-1906) que representan la montaña Sainte-Victoire, mole calcárea que domina la comarca y que obsesionó durante toda su vida al artista provenzal. Algunas de las telas viajaron desde Leningrado, Cleveland o Edimburgo. Piezas de otros pintores, como Picasso y Masson, también impresionados por la Sainte-Victoire, completaron esta original exposición, en la que no faltaron secciones sobre el ecosistema de la zona, deteriorado por los incendios forestales y en el que posteriormente se construyó un tren de alta velocidad.


Félix de Azúa escribió al respecto, en El País del 9 de septiembre de 1990, lo que sigue.


Empapado de positivismo, como todos sus contemporáneos, Cézanne estaba persuadido de que la montaña Sainte-Victoire, en la Provenza, poseía una misteriosa tonalidad verde, más rica que cualquier otro matiz del verde, incluido el laurel, como resultado del entrecruce de muy diversos factores: la temperatura, el mistral, la humedad del aire, una vegetación escorada hacia lo olfativo, el eco lejano del mar, la ligereza de la tierra perforada por innumerables conejos, una permanente lámina de vidrio interpuesta entre el observador y la montaña por la reverberación de julio, y así sucesivamente. Una vida entera dedicada a asediar ese matiz no fue suficiente. Los factores eran tan numerosos y variaban a tal velocidad y con tal desorden que a Cézanne siempre le quedaban seis o siete por incluir en la representación. Pero la constante presencia del pintor positivista, el peregrinaje angustiado y metódico por aquellas tierras y peñascales, la terca búsqueda de perspectivas, ángulos, puntos de vista, acabó por formar un rico fluido sexual exudado del roce de Cézanne contra la montaña. Como animales de especies distintas, pero enigmáticamente atraídos el uno por el otro, el sexo del pintor -recluido en algún bastoncillo ocular- y el sexo de la montaña -repartido por toda su superficie- se buscaron durante años, tratando de averiguar el andamiaje secreto de una cópula. Investigaba la montaña los bosques sombríos de Cézanne; investigaba Cézanne los fuertes pechos de la montaña.

Por ejemplo: ¿dónde empezaba y dónde acababa cada uno de ellos? Por ejemplo: ¿podía considerarse pertenencia de la Saint-Victoire y de Cézanne aquello que pasaba por allí sólo fugazmente: los piñones, una camioneta, pulgas, la lluvia, lágrimas? Por ejemplo: ¿dejaba de haber montaña si emigraban las hormigas o bien dejaba de haber Cézanne si se quedaba sordo?

Por ejemplo: ¿había más montaña vista de perfil que de frente; había menos hombre visto desde arriba? ¿Pero dónde está el perfil de una montaña y cuál es el abajo de un hombre? Y sobre todo: ¿en qué límite podía considerarse "entero" a cada uno de ellos? Cézanne, asediado por las dudas, observaba su orina empapando la tierra color ladrillo, y cerraba los ojos.

De aquel roce tenaz, de la desesperada búsqueda de un rincón anatómico donde acoplarse al fin y poder verterse mutuamente, montaña y pintor francés acabaron por engendrar. Cuando se produce un fenómeno biológico de tanta alcurnia, el monstruo hijo de hombre y montaña es, por lo general, tan evidente que la humanidad lo toma con indiferencia. Así, antaño, los hombres se desentendían de los centauros, y así, según dicen, vivían los hijos de los Alpes. Es propio de nuestra cultura no dar noticia alguna de la revelación.

Que engendren y sus hijos, ahora, cuelguen de las paredes, es sólo secundario; es sólo el espectáculo que se nos ofrece a nosotros, los guardianes de la materia informada. Pero el verdaderos significado de esas que llamamos "pinturas de Cézanne con paisajes de la Sainte-Victorire" es el nacimiento hacia atrás de Cézanne y de la Sáinte-Victoire.

Esos hijos colgados de las paredes son únicamente la prueba de que alguna vez pasaron por la luz del mundo un hombre y una montaña vivamente interesados el uno por el otro. No me cabe la menor duda de que Cézanne, a la vista de aquel pliegue de la tierra que ocultaba el horizonte y le impedía mirar más lejos se preguntó:"¿y esto qué es?".

Así como la montaña, ante el asiduo escrutador calvo iba, poco a poco, mostrando sus partes y preguntándose, a su vez: "¿qué animal puede ser éste que tras mucho mirar parece que alcanza a ver?". Ambos, con toda seguridad, trataron de comprender, el uno qué quiere decir "montaña"; la otra qué quiere decir "hombre". Y así se fueron haciendo el uno al otro.

No sabemos, ciertamente, las conclusiones a las que llegaron. Sabemos, eso sí, el efecto de su intercambio. Hoy a la autopista que lame las faldas de la Sainte Victoire se llama autoroute Cézanne; hoy a la 'Sainte-Victoire le han crecido innumerables habitáculos en las laderas, cada uno de ellos relleno de animales que sólo en apariencia y porte son como Cézanne.

Estos son los efectos históricos, lo que aquella cópula supuso para el mundo. Los efectos particulares, los hijos engendrados, se llaman "pinturas de Cézanne con paisajes de la Sainte-Victoire", pero son carísimos y cuelgan de algunas paredes. Todos estos son efectos científicos.

Nosotros miramos las "pruebas judiciales de la cópula" (a veces llamadas, con severa inexactitud, "obras de arte") como miramos, también, las piedras de un templo, igualmente colgadas, caras y concurridas, y no podemos creer que estas cosas hayan ocurrido.

¿Que hubiera cópula entre el Altísimo y los ciudadanos de Gerona? ¿Entre montañas y humanos? ¿Que se cruzaran una oscura fuerza en constante transformación y un racional? ¿Qué pudo haber entre un dios errante y el siempre fijo entendimiento? ¿Será posible, aún, tender un miembro que escapando a la tiranía de lo verdadero pueda penetrar en lo evidente? No me lo puedo creer. Porque es extremadamente difícil mantenerse a solas, como perpetuo pretendiente. Y sin embargo, es sencillo. Cézanne lo hacía cada día.


Y Antonio Muñoz Molina escribió en El invierno en Lisboa:


Estaba sentado en una esquina del sofá, frente al fuego, en medio de la habitación vacía. Sólo un estante con discos y libros, una mesa baja sobre la que había una lámpara y una máquina de escribir, un equipo de música, al fondo, con pequeñas luces rojas y verdes tras cristales oscuros. No importan las cosas que posean o guarden, pensó, los verdaderos solitarios establecen el vacío en los lugares que habitan y en las calles que cruzan. Al otro extremo del sofá Lucrecia fumaba escuchando la música con los ojos entornados, abriéndolos a veces del todo para mirar a Biralbo con inmóvil ternura.

—Tengo una historia que contarte —le dijo.

—No quiero saberla. He oído muchas esta noche.

—Es preciso que la sepas. Esta vez te diré toda la verdad.

—Ya la supongo.

—Te hablaron del cuadro, ¿no? Del plano que les quité.

—No entiendes, Lucrecia. No he venido para que me cuentes nada. No quiero saber por qué te buscan ni por qué me mandaste aquel plano de Lisboa. He venido a avisarte de que debes huir. Me marcharé cuando termine esta copa.

—No quiero que te vayas.

—Mañana tengo ensayo con Billy Swann. Tocamos el día doce.

Lucrecia se acercó más a él. El hábito del coraje y de la soledad le había agrandado los ojos. El pelo tan corto devolvía a sus rasgos la nitidez y la verdad que tal vez sólo tuvieron en la adolescencia. Iba a decir algo, pero apretó los labios con aquel gesto suyo de inutilidad o renuncia y se puso de pie. Biralbo la vio alejarse hacia el estante de los libros. Volvió con uno en las manos y lo abrió ante él. Era un volumen de grandes hojas satinadas con reproducciones de cuadros. Lucrecia le señaló una de ellas, apoyando el libro abierto sobre el teclado de la máquina de escribir. Biralbo me dijo que mirar aquel cuadro era como oír una música muy cercana al silencio, como ser muy lentamente poseído por la melancolía y la felicidad. Comprendió en un instante que era así como él debería tocar el piano, igual que había pintado aquel hombre: con gratitud y pudor, con sabiduría e inocencia, como sabiéndolo todo e ignorándolo todo, con la delicadeza y el miedo con que uno se atreve por primera vez a una caricia, a una necesaria palabra. Los colores, diluidos en el agua o en la lejanía, dibujaban sobre el espacio blanco una montaña violeta, una llanura de ligeras manchas verdes que parecían árboles o sombras de árboles en la umbría de una tarde de verano, un camino perdiéndose hacia las laderas, una casa baja y sola con una ventana esbozada, una avenida de árboles que casi la ocultaban, como si alguien hubiera elegido vivir allí para esconderse, para mirar sólo la cima de la montaña violeta. Paul Cézanne, leyó al pie, La montaigne Saint Victoire, 1906, Col. B. U. Ramires.

—Yo tuve ese cuadro —dijo Lucrecia, y cerró el libro de un golpe—. Mirando la fotografía no puedes saber cómo era. Lo tuve y lo vendí. Nunca me resignaré a no verlo más.


Aquí podéis descargar toda la BSO de la película El invierno en Lisboa, con Dizzy Gillespie y sus mofletes al frente.