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el espíritu de don Luis

Dos olvidos que subsano:

Cambié la cabecera. Nubes barcelonesas de Ruth.

He subido al hiperespacio internáutico esta enormidad de aquí abajo que me hizo llegar Pilar hace tiempo.


A ambas, gracias.

Y ahora, por no llorar, a reír:




la comunidad


Esto que retrata la foto lo veía venir mientras escribía aquella entrada. Finalmente ocurrió lo que suponía y una noche de julio, al amparo del silencio y la oscuridad, alguien colgó este cartel por duplicado –uno por ascensor-.

He alquilado La comunidad, de Álex de la Iglesia, para afianzar la comprensión de determinadas colectividades. Igual que hay campañas en las que se reparten condones o jeringuillas gratis, por qué no ocurre lo mismo con el haloperidol, principalmente en verano.



dignos hábitos


Ocurrió anoche, tarde: leí en La polvera del sur que nos multan a los ciclistas por atravesar la plaza de la catedral. Seguí la pista y me fui a la página de la Plataforma carril bici en Murcia. Al poco, a dormir. Esta mañana pedaleé la ciudad en diagonal cuatro veces, dos de ellas con un niño de 9 años en su bicicleta. Ni un amago de carril para bicis; ni un disimulo: nada. Pensaba mientras movía los pedales en el policía que me detendría, mano en alto, y me multaría por circular por zonas peatonales. Las multas derivadas de la infracción de un niño cuando va con su padre ¿gravan lo mismo o hay descuento? ¿O depende de la edad: si es menor de seis años, gratis; si tiene entre seis y diez, el 50%; de ahí en adelante, el 100%?

Me imaginé varias posibilidades. Una, yendo solo y no parando. Lo siempre soñado: una persecución policial por el casco antiguo. Una escena de E.T. posmoderna. A no ser que el poli –no sé por qué pero no me imagino al poli mujer- llevara moto; entonces sí que estaría la cosa jodida. Aún así fantaseo con la posibilidad de darle esquinazo. Otra, yendo con el niño y parando. Acatando la multa y esperando a que acabara para añadir: vaya usted rellenado otro papelito, este por desacato a la autoridad: Hipócrita, lameculos, tiralevitas, zafio, tonto de baba, gilipollas. Me regodeaba en la delectación de la fonética lenta, la pronunciación precisa, el golpe de voz marcando la sílaba tónica: bá-ba, pó-llas…

Hay más opciones, ya lo sé. Las dejo al imaginario colectivo, que no es escaso.

Cuando llegué a casa al mediodía comencé a tramar esto que leéis. Pensé en las veces que he dormido en los bancos de las plazas al amanecer, cansado o borracho, o las dos cosas. Me pregunté si también sería punible.


No es ya la ética

es al menos la estética.

En su ética nunca confié

but manners

manners before murder.

Abro al azar

sabedor eso sí

de lo que busco dónde

y hallo:


RASGOS MARGINALES


Pernocto con viandantes

inermes, con volubles

herederos de la promesa

y preferentemente

con exclaustrados y proscritos.


Nada preguntan, nada

ambicionan, apenas se les ve

cuando se acercan con taimado

ademán de conspiradores.

Descreen de las patrias y los apostolados

y es posible que sean juiciosamente adictos

al primordial honor de la ebriedad.


Sólo me traen

complicidades efusivas y una especie

de intrépida, arrogante

constancia de repudios instintivos.


A ellos les debo el digno hábito

colateral de las desobediencias.


José Manuel Caballero Bonald

Manual de infractores.


Y desde el principio me acordé de las bicis de Julio, claro.


VIETATO INTRODURRE BICICLETTE


En los bancos y casas de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

Para una bicicleta, ente dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristales de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de la tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: «y perros», lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bunge & Born o en los estudios de los abogados de la calle San Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje a los susodichos animales a la calle. Esto último puede suceder pero no es humillante, primero, porque sólo constituye una probabilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fría maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o de esmalte, tablas de la ley inexorable que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes. De todas maneras, ¡cuidado, gerentes! También las rosas son ingenuas y dulces, pero quizá sepáis que en una guerra de dos rosas murieron príncipes que eran como rayos negros, cegados por pétalos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las astas de sus manubrios crezcan y embistan, que acorazadas de furor arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros y que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.


Julio Cortázar

Ay Pablo, mal asunto que en tan poco tiempo se me repita el dilema: exilio o magnicidio.



delfines

Desde Águilas hasta Percheles –hablamos de la costa sur de Murcia, para los no iniciados-, por la carretera que sube la loma Bas, el recorrido es un viaje en el tiempo. Un anacronismo que unido con el esfuerzo de la subida –casi 500 metros se alzan frente al mar en unos pocos kilómetros de ascensión- y el sol inclemente del mediodía produce una sensación alucinógena. En plena psicotropía desde la cima se divisa cabo COPE. La imagen de esta visión es la cabecera del cuaderno. La bici descansa en el chiringuito de Percheles, con la playa al fondo. Por la tarde, desde ese mismo lugar el sol se esconde dejando jirones de luz rosada en su huida.

Lloré imaginando que pintaba casitas idénticas, campos de golf, spas, centros comerciales… sobre lo que se mostraba ante mis atónitos ojos.

Dudo entre el exilio y el magnicidio.




ciudadanía en la ciudad zen


Suenan trompetas de insurrección en lugares insospechados por insolentes. Sólo hay que afinar nuestros tímpanos romos por el desuso.

Comienzo aquí una serie de entradas que irán recorriendo la actual estructuración de nuestra sociedad civil. Quedarán archivadas en la categoría de city zen, denominación que le cojo prestada a Kevin Johansen, sin su conocimiento ni permiso. A cambio pondré algo suyo y así, en caso de litigio podré alegar en mi descargo que soy un ferviente admirador suyo…

Encuentro basado y resumido de forma magistral el presente modelo ciudadano en la mesa petitoria berlangariana de Mr Marshall, afianzado y consolidado en siglos de historia. Así, empecemos por el principio. Os dejo una pincelada de nueve minutos en la que, por desgracia, no aparece la escena de la citada mesa. Sí muchas otras genialidades que seguro os refrescarán la memoria y os darán que pensar que, después de todo, no han cambiado tanto las cosas.



Y el citado Kevin:

CITY ZEN (CITY ZEN)

Es una guerra entre el ruido y nada, City Zen...

(It's just a war between noise and nothing City Zen...)